El pastor, el dueño de la superioridad moral. El dueño de la verdad, el que detenta por encima de la sociedad el derecho de juzgar y condenar, el que señala con el dedo a quien hay que odiar, el que señala con el dedo quienes representan el mal de la sociedad.
El intermediario de la palabra y voluntad de Dios, el auto/endiosado.
El que conoce y utiliza siempre oportunamente, siempre sabiamente la palabra de Dios.
Ese es el pastor.
El que mira a los y las otras como ovejas, el que impone obediencia y sumisión.
El pastor, aquel en el que la sociedad confía a los y las jóvenes, a los niños y niñas.
El pastor que exorciza los males, que convierte a plan de torturas aplaudidas a los homosexuales en seres sin deseo.
El que habla de satán y sataniza.
El pastor, el que solo hace el bien y jamás hace el mal. El que puede administrar los cuerpos jóvenes, hablarles de sexo, tocarles y seleccionarles, clasificarles y administrar virginidades y reputaciones.
El pastor que puede pedir, pero también exigir diezmos y puede además vivir opulentamente de esos diezmos y decir a voz en cuello que hace la caridad.
El pastor que puede lavar dólares del narcotráfico, pero creer descaradamente que creemos que son donaciones.
El pastor que se compra un matrimonio por catálogo como parte del negocio de lavado y decir que es por amor.
El pastor en el que la sociedad quiere confiar y depositar su fe.
El pastor en el que los y las crédulas depositan su ingenuidad.
El pastor tiene su salón de oración y alabanza.
La iglesia entera la administra su parentela, porque es fuente de tanta riqueza que da para emplear a parientes, primos y hermanos.
Administrar a Dios es un gran negocio familiar, es más rentable que un hotel, que un motel, o hasta un banco. Las donaciones no pagan impuestos, ni son auditadas, en ellas caven millones de Marset, Darset o Duranet.
El pastor tiene su salón de oración donde con música, cantos y bailes hacen sus ovejas catarsis de amarguras. Catarsis al son de discursos de odio contra las libertades de las mujeres y los homosexuales, porque esos son los auténticos pecadores que seden a sus tentaciones.
Orgasmos y convulsiones colectivas mientras exaltan al señor para exprimir culpabilizaciones y frustraciones. Salen fanáticos y libres de toda contracción. El pastor tiene salón de oración donde se divide al bien del mal, a los buenos de los malos, donde se aprende a odiar a los malos.
El salón de oraciones tan parecido al salón de juegos, al salón de bailes y tan diferente al mismo tiempo; los otros salones son malos, estos salones son buenos. Ja, ja!
En los otros salones eres responsable de lo que hagas, en este depositas tu responsabilidad en el pastor que es bueno y sabe lo que está bien.
En los otros salones hay minifaldas y luces de colores, hay atracciones en todas las direcciones y tienes que tomar tus decisiones, en este salón las cosas son más sencillas el pastor es el administrador de tus deseos, invitar a su casa a leer la biblia mientras te toca las piernas o te desnuda.
Si lo hace el pastor eso no es abuso, es una simple tentación.
Si lo hace el pastor, eso no es manipulación, eso es un gran honor. En ese caso, las manos que te manosean, son las manos de Dios.
Cuando estas con el bendito pastor ni mama, ni papa preguntan con quien has estado. Con el pastor estas bien porque junto a él lees la Biblia y aprendes a odiar a las malas, a las divorciadas, a las feministas, a las aborteras y a las libertinas.
El pastor ofrece a la sociedad una moral en la que es imposible confundirse, es simple, es básica, es cómoda, es útil.
Útil a toda sumisión, útil para los ricos para bajar la cabeza ante el patrón, útil para los abusivos para bajar la cabeza ante toda humillación, útil para las familias para aprender a bajar la cabeza y callar ante toda hipocresía. La sumisión que predica es útil a los gobiernos y los sistemas educativos. Su negocio no es la devoción, sino el odio y la sumisión. Está prohibido enseñar educación sexual, pero está permitido que un pastor predique con fanatismo que el odio es la redención.
Cuando una joven, una mañana cualquiera después de cientos de miles de abusos y violaciones cometidas detrás de los pulpitos, en las bambalinas de la oración o en la casa del pastor levanta la voz y dice: me violó.
Me violó muchos años, me violó y violó y violó.
Cuando ella levanta la voz temblorosa y dice: no fue violación porque yo no quisiera, fue violación porque yo no entendía. No fue violación porque yo no quisiera, sino porque yo era pequeña y estaba confundida.
Desde el fondo del mismo salón, otra joven responde al eco de las lágrimas diciendo a mí también.
La justicia quiere cerrarle las puertas y no puede.
El pastor manda callar a la joven y no puede.
La madre del pastor lo defiende y la esposa del pastor consciente de no ser más que un engranaje de su poder dice que hay un gran aparato que proteger.
Otras sectas e iglesias evangélicas lo repudian de inmediato no por violador, sino por miedo a que sus propias paredes se manchen con la misma voz, con la misma pequeña verdad.
Cuando eso sucede todo pastor puede convertirse en un impostor.
Todo salón puede descubrise como peligroso negocio familiar.
Vender a Dios, interpretar a Dios, representar a Dios, hablar por Dios, creerse Dios.
Ella despertó; por su culpa podemos despertar todas las demás y decir nuestra verdad.
Ella despertó y por su culpa podemos abandonar el salón todas las demás. Por su culpa podemos cambiar el salón por una biblioteca, por una cancha de futbol, por un grupo de baile, podemos cambiar la Biblia por un libro de historia o de filosofía. Podemos cambiar el viejo testamento por un código de ética actual que diga: mi cuerpo es mío. Y podemos cambiar el nuevo testamento por el derecho magnifico de la libertad.
Ella despertó y podemos decir que lo que hizo el pastor está mal.
Es él y no ella quien está en cuestión.
Porque ella despertó podemos cambiar la historia de que carguemos siempre la culpa. Basta de que: para ella la culpa y para él la disculpa
Es el y no ella quien está en cuestión.
Ahora la vergüenza cambia de bando.
Somos muchas, muchos y muches que sabemos que el pastor no es el único impostor.
amen