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LA ACERA DE ENFRENTE
Feas con F de Felicidad

 
Fecha de emisión 13 de Setiembre, 2016

Poco se ha explorado la riqueza estética del mundo de las feas: de ese mundo donde un beso en la espalda eriza todo el cuerpo; de ese mundo de sensualidades escondido dentro de una chompa gruesa, entre los pliegues de una gran barriga. No se han fotografiado los paisajes que dibujan las estrías, que nos recuerdan que la piel no es plástico estirado, sino territorio rugoso, poroso y lleno de vida. La fea no tapa la piel de la cara con capas de

 
maquillaje porque su piel respira, no tapa las manchas, ni las arrugas; no tapa los surcos de la sonrisa, ni el gesto de rabia de la nariz. La fea deja todo ese gesto con el que mirar al mundo desnudo a piel descubierta y por eso su mirada, y especialmente su cara, es intensa. 
Podríamos decir que sólo con la fea te puedes mirar a la cara; la bella sólo quiere que la mires y ha perdido la capacidad de mirarte. No estoy hablando de "belleza interior”, estoy hablando de la deformidad de la mandíbula, de la originalidad de las cejas, de la cara como dibujo libre y del cuerpo con piernas cortas y brazos largos, con cuellos gordos y caras redondas, de los pómulos de las mejillas que parecen montañas. Estoy hablando de ser fea, de ser maravillosamente fea. 

El tesoro de las feas sigue escondido y sigue siendo un secreto no dicho. Nadie se atrevió a decir que pertenecer al mundo de las feas es placentero y gratificante. Nadie se atrevió a decir que ser fea es excitante, estimulante y liberador. Al mundo de las feas podemos pertenecer democráticamente absolutamente todas, sin exclusión alguna, porque el mundo de las feas es inclasificable, extenso y divinamente imperfecto, sólo basta con no ser, no parecer, ni querer ser una muñeca.

La fea está libre y puede dejarse ser fea; su mayor libertad es no ser presa del ego de ser bella. La fea está fuera del modelo y por eso tiene más espacio para ser. La fuerza de lo calificado como feo es la originalidad, la exclusividad, la sensibilidad que convierte cada mínimo gesto en intenso. No sufre la condena de los años y no sufre la condena de la mirada que la posee. Es ella la que mira y se come al mundo. Es ella la que toca. La fea tiene otra relación consigo misma, con la ropa y con el mundo. Las feas no somos esclavas de la complacencia y pasamos de no complacer al "otro” a ser para nosotras mismas. 

Hay feas que exploran su fuerza física, porque así como está prohibido que una mujer bella sea fuerte, la fea no necesita ser frágil, ni desprotegida. Hay feas que exploran el silencio y la capacidad de observar el mundo rincón por rincón y detalle por detalle, mientras que las bellas pierden todo contexto. Hay feas que exploran el habla y que con las palabras inventan mundos, cuentan cuentos y arman discursos; mientras que las bellas sólo esperan halagos y enmudecen sin remedio. Hay feas que exploran la música y otras que con un deportivo se lanzan a recorrer el mundo, porque les parece más interesante describir flores, plantas y animales antes que perder la vida frente a un espejo. El mundo de las feas es más complejo que el mundo de las llamadas bellas. La diferencia está en las ventajas de saberse fea. 

Y es que el mundo de las feas, compuesto de las grandes mayorías, es variado y se podría decir infinito; pertenecemos a él gordas como delgadas, altísimas como bajitas, morenas como blancas, las que tenemos cabelleras exageradas y las que somos calvas. No hay común denominador sino el de no pertenecer al mundo de las bellas, no hay común denominador sino el de no parecerse a una muñeca. Las feas somos, una a una, imposibles de responder a una sola talla, a una sola medida; en ese sentido, el mundo de las feas no sólo es variado, sino también radicalmente democrático. Allí valemos por feas, nos repartimos el título como se reparte pasancalla, maní o galletas. Todas podemos ser feas y eso también es maravilloso. 

En el mundo de las feas hay más libertad y menos tiranía. Hay más contenidos y formas, y menos perfección entre comillas. Nos están prohibidas tres profesiones: la de azafata, la de modelo y la de presentadora de televisión, todo el resto del mundo es nuestro. 

En el mundo de las feas la mirada masculina pierde fuerza, languidece y agoniza hasta morir. Por eso, además de ser feas, somos capaces de solidarizarnos con la bella y ofrecerle nuestra comprensión, porque sabemos que ser fea es liberador.


María Galindo es miembro de Mujeres Creando.