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LA ACERA DE ENFRENTE
Las vallas de la Plaza Murillo


Fecha de emisión 20 de Julio, 2016

 

En la plaza Abaroa, a pocos metros de donde cayó el señor Kemel, hay un módulo policial al que habría que colgarle un gran letrero que diga: "estamos durmiendo, por favor no molestar” o "no estamos al servicio de la población” . Mejor aún, que diga "no sea ingenuo, no acuda a la Policía porque no tenemos ganas de atenderle”.

En la muerte del señor Kemel hay una responsabilidad indirecta de la Policía que no acudió al socorro de la mujer que pedía ayuda, que tampoco acudió cuando Kemel se involucró con la pelea de la pareja. Si el señor Kemel no hubiera acudido en su ayuda, quién sabe hubiéramos tenido otra mujer más víctima de feminicidio, porque está visto que el violento no dudó en descargar su ira contra el señor Kemel y su hijo. Pero también podemos razonar lo siguiente: si los policías del módulo de la plaza Abaroa hubieran acudido ante las discusiones, que seguramente se dieron entre Kemel y el violento, probablemente entre cuatro hombres hubiera sido muy fácil controlar al violento y el señor Kemel estaría con vida.

Yo no entiendo cómo no se ha dicho nada respecto de esto, que es muy fácil de comprobar: la discusión de la pareja tuvo que ser más directamente oída desde el módulo policial que desde el piso de un edificio que está al frente de la plaza. No entiendo cómo es que no hay un proceso contra los oficiales, que a esa hora y ese día debieron estar ahí, de turno; o quizás no había nadie de turno porque todos fueron trasladados para resguardar y amedrentar a un grupo indefenso de personas con discapacidad, porque ese es el uso que de la Policía prefiere el Gobierno.

Pero en esta historia hay otro trasfondo: la víctima de la violencia machista resulta ser un hombre solidario que decide salir de la comodidad de su casa a ayudar a una mujer, con quien no lo unía vínculo alguno, y la mujer, además, resulta apoyar a su victimador y ponerse en contra de aquel hombre que se habría solidarizado con ella.

Una conclusión fácil es: todas son así, no hay que meterse. Esta conclusión machista de los hechos culpabilizaría al señor Kemel de su propia muerte, porque simplemente se metió donde no debía.

Kemel es la víctima no de una fatalidad, no de un destino incomprensible, sino que es víctima de la violencia machista. La ira que el violento estaba descargando contra su pareja decidió descargarla contra el defensor de su pareja, porque le indignó que alguien le cuestionara su comportamiento y, probablemente, le indignó doblemente que otro "hombre como él” se lo cuestionara y reaccionó con una rabia, que de un empujón lo hizo caer hasta herirlo de muerte.

Esto nos coloca en una reflexión muy importante en cuanto a la violencia machista, en el sentido que no es la relación entre la debilidad de las mujeres y la fuerza de los hombres. La brutalidad machista no es un ejercicio de fuerza simplemente, sino que es un ejercicio de abuso sobre la otra, sobre el otro, que rebasa todo límite. El violento no conocía a Kemel pero no dudo en agredirlo.

La víctima, que en un principio grita pidiendo ayuda porque se sabe en riesgo y probablemente estaba llorando, y que además fue salvada por el horror de que otra persona murió en su lugar, se hace cómplice del asesino. Y esto también nos ubica en que en cuestión de violencia machista, la cosa no es hombres contra mujeres.

Hay, desde ya, muchísimas mujeres en las fiscalías y juzgados que se hacen carne de los argumentos de los violentos; hay muchísimas mujeres policías que actúan con una mentalidad machista, y ni qué decir de las cantidades incontables de madres que deciden socapar a sus hijos violentos cuando éstos ejercen violencia contra sus parejas.

A todas ésas hay que sumar a la protagonista de esta historia, que se vuelca contra el señor Kemel y decide socapar a su victimador. En el caso de ella la gravedad es que no está tomando posición a favor del violento y en contra de "otra mujer”, sino que está colocándose a favor del violento en contra de "sí misma”, en contra de su propia dignidad y de pasar a pedir auxilio pasa a hacerse cómplice de un homicidio.

La persona que acudió en su ayuda está muerta y ella es cómplice de esa muerte. En un sentido metafórico, ella tampoco sobrevivió a esa noche, no sólo por el peso de su consciencia, sino por la negación de su propia dignidad. Para ella tampoco hay mañana.


María Galindo es miembro de Mujeres Creando.