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LA ACERA DE ENFRENTE
Servicio Militar o el afán de medirse el pene entre machitos


Fecha de emisión 7 de Junio, 2016


Solemos medir el machismo de la sociedad sobre la base de las diferentes formas de violencia que ejercen los hombres contra las mujeres, pero pocas veces estamos dispuestos a medir ese machismo por la propia construcción del hombre boliviano, de su ciudadanía y de las nociones de lo que significa ser hombre en nuestra sociedad.


Solemos medir el machismo de la sociedad sobre la base de las diferentes formas de violencia que ejercen los hombres contra las mujeres, pero pocas veces estamos dispuestos a medir ese machismo por la propia construcción del hombre boliviano, de su ciudadanía y de las nociones de lo que significa ser hombre en nuestra sociedad.

A la hora de hacer el Servicio Militar son sólo los "indios”, quienes no lo hacen tanto por la leyenda de que roban las armas para la resistencia militar, sino porque éste les permite salir de una comunidad asfixiante, porque les permite rehuir el compromiso de embarazo con su novia, tal cual lo dijo el Presidente. Les permite reafirmarse al retorno a la comunidad como jerárquicamente más valiosos que las mujeres y les permite, por último, un destape sexual machista. No importa que allí han ido a pasar por servidumbre, racismo, humillación, en muchos casos violación, y todo tipo de abuso físico, que se ha llegado a pagar hasta con la vida.

Los militares administran con brutalidad, sadismo y morbosidad el ímpetu sexual de los conscriptos, al punto que podríamos decir que allí aprenden a violar para no ser violados. El hecho de que el movimiento campesino originario haya reivindicado políticamente el Servicio Militar representa la tortuosa relación del propio movimiento indígena con el Estado y las profundas raíces del pacto militar-campesino instaurado por la dictadura, además de la profunda raíz patriarcal de este movimiento.

En el caso de la clase media baja, acude también al Servicio Militar, pero intenta comprar algún destino menos duro para sus hijos. Los hijos de la clase media y de la clase alta directamente, y sin duda alguna, compran la libreta al precio que sea. No porque las clases medias y altas se cuestionen sobre los manejos de "hombría” que sobre sus hijos recaería el hacer el Servicio Militar, sino por el espanto racista de que se mezclen con los indios.

Es el indio el que limpió los baños y el señorito el que dio las órdenes allí dentro.

Las Fuerzas Armadas, históricamente seguras de estar traficando con un pedazo del concepto de ciudadanía, han hecho del "servicio a la patria” uno de sus negocios más rentables. Allí todo cuesta. Las libretas oscilan entre los 2.500 y los 4.000 bolivianos. Hay de todo precio a gusto del consumidor. Los uniformes cuestan y las preferencias cuestan también, sacan rédito, además de tener mano de obra gratuita que ha servido para construir casas de generales, cargar y descargar, sembrar o cosechar gratuitamente para los militares que no rinden cuentas por ello.

En ese contexto todas las libretas son en realidad falsas, no prueban nada más que la corrupción de las Fuerzas Armadas. No hay un movimiento de objeción de conciencia en Bolivia porque, a fin de cuentas, todos pueden obtener una Libreta de Servicio Militar.

Los jóvenes que pasan una auténtica tortura allí dentro son, de entre todos, los más flacos, los menos violentos, los más delicados; aquellos entre quienes se encuentran mis hermanos maricones, las futuras trans. Ellos pasan directamente por la violación cotidiana.

Tampoco los llamados GLBT han tenido entre sus luchas la objeción al Servicio Militar porque están domesticados por el miedo y las oenegés.

La violación de los "maricones” en el Servicio Militar no es una anécdota ni un daño colateral; es la base sobre la que se construye el concepto de hombría en Bolivia. Haber violado un maricón o haberlo torturado, haber corregido o aniquilado una trans en el Servicio es lo que te hace más macho. La persecución contra todos los que del grupo no cumplen con los parámetros físicos y comportamentales del macho es uno de los contenidos centrales. Por eso la Libreta de Servicio Militar es un signo de "hombría” en Bolivia.

Hoy que la libreta se ha convertido en un arma de chantaje político, ministros y opositores se desafían a mostrar sus libretas, como quien estuviera en un rito de machismo colectivo, desafiándose a medirse el pene unos a otros. Nadie quiere destapar las verdades: hacer el Servicio Militar es denigrante, comprar la libreta es racista y objetarlo, que es lo más digno, es innecesario.


María Galindo es miembro de Mujeres Creando.