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LA ACERA DE ENFRENTE
Retrato: El Ministro

Lo imagino en su despacho rompiendo muñecas que toma de su larga colección de barbies. Empieza quitándoles la cabeza, arrancándoles los brazos y las piernas, cortándoles las rubias cabelleras y, por último, despedazando a mordidas sus troncos. Lo imagino en un juego sádico catártico llenando el basurero de su despacho con pedazos de muñecas rotas que antes de despedazar bautizó como Jessica, Gabriela o Jeny.

Juego al que se entrega cuando está muy estresado y antes de sus conferencias de prensa, a las que sale con el mejor de los rostros: sonriente y amable a explicar a los "queridos periodistas”, con lujo de detalles, cómo es que el imperialismo se metió en la cama del Presidente.

Algunos podrán imaginar que tiene muchos amigos y que ser su amigo es una llave que abre muchas puertas, pero déjenme decirles que están equivocados, ser su amigo es un peligro. Después de lo ocurrido con su más fiel y estrecha colaboradora, le rodea la soledad, la traición y la desconfianza. No puede confiar ni en su chofer ni en su jefa de gabinete ni en su guardaespaldas ni en sus superiores, ni menos aún en sus subalternos.

Está rodeado de soledad. Sospecha y desconfianza y, últimamente, ese clima de dudas en las que vive lo ha hecho desconfiar hasta del espejo. Antes era muy aficionado a ensayar frente al espejo una mirada profunda convincente y hasta teatral cuando decía las cosas, pero ha perdido el hábito. Ha mandado retirar los espejos de su gran despacho, de su antesala de reuniones y hasta de los baños.

El equipo de limpieza primero se alegró y pensaba llevárselos y utilizarlos en la casa, pero es tan siniestro nuestro personaje que corrió el pánico entre el personal de limpieza porque los espejos estuvieran embrujados de mala suerte o llevaran una cámara oculta o algún micrófono, por lo que fueron a parar a la basura. Nadie quiere nada de lo que de él provenga ni prestado, ni regalado.

La desconfianza duerme con él en la cama, lo viste y lo desviste cada día, al punto que ha perdido la única certeza fundante del patriarcado. Ya no sabe si sus hijos son sus hijos, ya no cree que sus hijas sean suyas.

Tanto mentir, tanto dudar, tanto jugar con lo cierto y lo falso ha terminado convirtiéndose en su víctima. La paternidad es un papel en su escritorio apilado junto a otros papeles. Lee el certificado de nacimiento de sus hijos mientras piensa que él también pudo haber sido engañado. La palabra confianza se derrumba ante sus pasos y el piso que pisa se resquebraja.

Intenta aferrarse a la ideología que tanto le sirvió invocar en todos estos años; hablar del pueblo, de las organizaciones sociales, del proceso de cambio, pero esos enunciados tampoco le funcionan. Teatraliza y el resultado es un mal actor poco convincente y sobreactuado tratando de disfrazarse de socialista. Perdería el casting si de una obra de teatro o de una película se tratara. Al ministro no le funciona nada, ni una entrevista en televisión, ni una conferencia de prensa, ni una conferencia a los militantes y, probablemente, ni siquiera una confesión.

También las palabras en su boca han perdido sus sentidos y cuando habla todo lo que dice representa lo contrario. Cuando dice no sé, el país entero entiende que él sí sabe. Cuando dice no la conozco, cuando dice no tengo suficiente dinero para defenderme, el país entero entiende lo contrario.

Su ropero está lleno de ropa cara, sus zapatos son los más cómodos que hay en el mundo, casi nada de lo que usa es boliviano: ni sus lociones ni sus relojes ni sus celulares, ni su ropa interior. No le falta nada, le sobra todo.

Recuerda que fue pobre, que nada tenía, que todo quería.

Ha llegado a ese punto: tiene todo, no necesita que ninguna mujer lo mantenga, como fue en otros tiempos, ahora las puede comprar, vender y desechar.

Ya no necesita que ningún amigo lo ayude, ahora los puede comprar, vender o desechar.

Ya no necesita que ningún pariente lo ayude, no necesita que nadie le haga un favor, como fue en otros tiempos.

Es el final del camino, no hay ilusiones ni luchas ni certezas, ni convicciones, sólo un montón de traiciones, sólo un montón de papeles por ocultar, sólo una fortuna que camuflar.

La última llamada viene del Parlamento. Le dicen no se preocupe ministro, todo está bajo control, pero , ¿y si eso tampoco resultara cierto? reflejo.


María Galindo es miembro de Mujeres Creando.