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Categoría: [Pare de sufrir, luche] Acera de en frente

Un gobierno mafioso

No vivimos en Bolivia bajo una dictadura, tampoco vivimos bajo una democracia.

No es un partido político el que gobierna y su defecto no es controlar todos los poderes del Estado.

Vivimos un régimen mafioso que ha entregado el control mafioso parcial de segmentos de la sociedad a grupos de intereses que tranzan espacios de control y beneficio a cambio de “gobernabilidad”. Esto de “proceso de cambio” o “buen vivir” son eslogans de edulcoración del modelo mafioso.

Lo que ha sucedido en la cárcel de Palmasola no solamente son hechos de violencia policial inaceptable, no sólo son hechos de violación de derechos humanos, no sólo demuestra que en Bolivia no hay Defensor del Pueblo, sino que lo sucedido en Palmasola es el modelo de administración del Estado que estamos viviendo.

Las cárceles son uno de los botines de la Policía Boliviana, como lo es Tránsito o Migración. Son directamente fuentes de negocio y corrupción que la Policía, a su vez, se reparte internamente sin que el Gobierno, de hecho, ni tenga la intención, ni tenga la posibilidad de hacer nada, porque el trato con la Policía es una suerte de transacción no escrita del “no me jodas no te jodo”.

El caso de los militares y sus privilegios a cambio de gobernabilidad es otro de los feudos donde la ideología no cuenta. Los militares pueden violar o matar, mientras sea dentro de sus propios feudos no pasa nada. La transacción con sectores empresariales, como la Cainco, para la depredación del bosque, para la explotación de la mano de obra, para todo tipo de ventajas, es otro pacto de gobernabilidad que no tiene nada que ver con una posición ideológica, ni con ninguna visión de país que no sea la depredación.

Es como si el modelo Palmasola se hubiera instituido en el conjunto de la sociedad.

Las llamadas organizaciones sociales, convertidas también en mafias dirigenciales con derecho de matar, amedrentar, silenciar, es otro simple pacto de gobernabilidad basado en un mutuo acuerdo que se traduce en formas tiránicas de manejo de los llamados movimientos sociales.

Ni qué decir del Poder Judicial, que mientras procesa para el Gobierno todo lo que el Gobierno quiere en sus términos, lo hace a cambio del manejo arbitrario, corrupto y abusivo del conjunto de causas en todos los campos.

Para sobrevivir hay que pagar el derecho de piso. Si quieres un trabajo en el Estado es bajo el régimen mafioso de descuentos y de asistencia muda y sumisa a todo tipo, y ocurrencia de convocatorias que permitan al Gobierno simular apoyo de masas.

Si quieres publicidad gubernamental, en un medio de comunicación hay que manejar la noticia, la entrevista y los contenidos a favor del jefe sin margen de crítica, sin margen de independencia.

El sector cocalero del Chapare también apoya con su cuota de gobernabilidad a partir no de una visión de país, sino de sus intereses de sector, de poderle vender en tranquilidad su coca al narcotráfico. El narcotráfico se convierte en una necesidad para la gobernabilidad y éste, a su vez, necesita del contrabando para lavar su dinero.

En un modelo así no tiene sentido producir una chompa o una mermelada, porque la combinación narcotráfico más contrabando destroza cualquier producción. Los supermercados están llenos de productos baratos; ahí los productos bolivianos no tienen ni espacio ni oportunidad.

En un modelo así, ser de a pie, estar fuera de todos estos circuitos representa un vía crucis, porque sin gremio alguno de pertenencia eres el blanco perfecto para todo tipo de abusos, tienes que pagar tu derecho de piso en Tránsito, en los juzgados, en el Seduca o en tu trabajo. Hasta la Aduana te jode porque necesita utilizarte para demostrar y justificar su existencia.

En un modelo así las ideas no tienen ningún valor, el debate es innecesario y la ideología sirve como camuflaje.

Un modelo así parece invencible porque es un modelo de pactos parciales que suman la totalidad de los sectores sin límite, ni ético ni ideológico.

Y, como lo hemos constatado los bolivianos y las bolivianas el viernes, cuando se nos ha presentado los cuerpos muertos de los seis o ya no me acuerdo ocho, o siete muertos en Palmasola, la vida misma no tiene ningún valor.

En un modelo así, la foto de todos arrodillados, boca abajo, contra el suelo, no es una foto de los presos de Palmasola, sino un retrato social.

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Carta abierta a Carlos Mesa

En octubre del 2003, Carlos Mesa no se hizo parte de la masacre al pueblo alteño y abandonó a Sánchez Lozada cuestionando públicamente la violencia contra la gente en revuelta pacífica. Se enfrentó, como lo cuenta en su libro Presidencia sitiada, también al embajador de  Estados Unidos.

Por mucho tiempo pensé que guardaba esos días como un preciado tesoro de coherencia con el valor de la vida. Pensé muchas veces, aunque nunca se lo pregunté directamente, que después de esos sucesos, Carlos Mesa sentía que se había equivocado en aceptar la candidatura a la vicepresidencia de Sánchez de Lozada.

Este juicio sirve para el futuro, para que nunca más un presidente se atreva a lanzar tanques y militares a bala contra un pueblo en revuelta.

No entiendo cómo es posible, ni bajo qué argumentos, hoy Carlos Mesa se niega a asistir como testigo.

No lo entiendo y no lo acepto.

Me dirijo a Carlos Mesa para pedirle en nombre de nadie, porque nada soy que rectifique su posición y vaya corriendo a declarar lo que sabe, y lo que vivió en primera persona.

Palabra por palabra, que lo haga por la primera víctima que fue Marlenita, asesinada en Warisata. Lo que está en juego en La Florida es el único pedacito de justicia donde bolivianas y bolivianos podemos inscribir nuestras esperanzas de verdad. La mujeres y los pueblos sabemos que la impunidad reproduce impunidad y la justicia reproduce justicia.

Le pregunto directamente a Carlos Mesa, ¿no fue un gran valor para la democracia el juicio contra García Mesa? ¿No hubiera exigido él que cualquier boliviano que algo hubiera podido declarar en ese juicio lo haga, por Marcelo Quiroga y por los asesinados de la calle Harrington?

Nada diferencia este momento histórico de ese otro juicio y si el cuestionario escrito no basta, y hay necesidad de una testificación oral o de tallar en piedra el relato de los hechos, simplemente hay que hacerlo y acompañar a las víctimas que han logrado poner a Sánchez de Lozada y a Berzaín en el banquillo de los acusados.

La negativa a declarar no es simplemente guardar silencio, sino que es colaborar con los masacradores de forma indirecta, porque ningún testimonio tendrá el peso que el suyo tuviera, por su implicación como segunda autoridad del gobierno de entonces.

La defensa de Sánchez de Lozada está usando, en Estados Unidos, el libro Presidencia sitiada, de su autoría, como prueba para demostrar la inocencia de los masacradores. Igualmente están  usando el libro de Felipe Quispe para volcar el sentido de los hechos. Esa es una razón más para que Carlos Mesa viaje a los Estados Unidos, incluso a nado o a pie, a recoger la verdad y el sentido de sus propias palabras.

Negarse a dar testimonio de la masacre cruel y asesina de octubre de 2003 es traicionarse a sí mismo, es traicionar al pueblo boliviano, es traicionar la verdad de los hechos y dejar que Marlenita sea asesinada por segunda vez en Warisata, no por una bala militar, sino por un argumento judicial.

Para que ningún presidente en el futuro se atreva a masacrar en Bolivia en nombre de la gobernabilidad, de la democracia o de la estabilidad a los y las bolivianas, es fundamental que el juicio en La Florida contra Sánchez de Lozada y Sánchez Berzaín siente precedente.

No es que soy una desubicada, me ubico, se trata de un juicio civil y no de un juicio penal, pero es este juicio civil el que puede convertirse en prueba de justicia para continuar hacia el juicio penal y la extradición.

“Ni olvido, ni perdón; justicia, no venganza”. Fueron tus palabras en La Ceja de El Alto, apenas fuiste posesionado como Presidente. Que esas palabras no sean demagogia; esa justicia que invocaste ese día está hoy en tus manos. Te pido que no borres con el codo lo que has escrito con la mano y vayas corriendo a declarar.

Marlenita te está esperando con su mirada congelada, en sus nueve años.

La acción de distanciarte del gobierno de Sánchez de Lozada para convertirte en aquel momento en una especie de cuña, desde donde se abriera un espacio pequeño de esperanza en medio de la masacre, concluye recién con tu testimonio claro, directo y frente a frente sobre la masacre cometida en el juicio hoy en curso. Sánchez de Lozada afirma que lo hiciste por ambición; tú dices que lo hiciste por humanidad, eso hay que repetirlo las veces que haga falta. Te lo debes a ti mismo.

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